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Lo llaman feminismo y no lo es: “solipsismo sexual”

El espejismo individualista de la “libre elección” aplicado al territorio de la sexualidad deriva en lo que denominaré “solipsismo sexual”. La metafísica solipsista afirma que la única garantía de certeza es el propio yo, por lo que se convierte en irrelevante determinar qué tipo de relación es la que establece un “yo” con otros “yoes”. Si combinamos “solipsismo” y “sexualidad” sólo existe la subjetividad y la unión entre subjetividades, no está motivada por nociones compartidas de justicia sexual o social o por la consecución de la igualdad; la unión entre subjetividades nace de “afinidades voluntarias”, no importa mucho qué signifique esta expresión ya que todo ha de quedar en el reino de lo difuso: “cada cual descubre que yo soy yo, y que ser yo es mi única ley”. En este momento, hay tantos géneros como personas, o muchos más, puesto que cada persona puede evolucionar en el entendimiento de su subjetividad. En el siguiente momento, las personas podemos unirnos por afinidades voluntarias, que en materia sexual, hacen de los géneros conjuntos voluntarios y difusos”. La afirmación de que “hay tantos géneros como personas” y que la interacción entre géneros-personas es difusa, o sea poco clara, es un perfecto ejemplo de aporía solipsista. El yo subjetivo y lo difuso de las relaciones sirve, a todo efecto, para legitimar cualquier tipo de práctica sea esta justa o injusta, digna o indigna, de dominio o sumisión.

No importa mucho qué signifique esta expresión ya que todo ha de quedar en el reino de lo difuso: “cada cual descubre que yo soy yo, y que ser yo es mi única ley”.

Algunos de los estudios queer, transfeministas, posfeministas, pornofeminista, etc. sobre la sexualidad, partiendo del inmutable dictum “somos lo que nos apetece” se encuadran en una metafísica de corte solipsista que “molestando, repensando y resignificando” no altera un ápice las estructuras de poder ni de dominio. La utilización del sufijo “feminista” o “feminismo” revela que el verdadero objeto del “solipsismo sexual” es molestar, repensar y resignificar el feminismo para adaptarlo al territorio de la subjetividad. Siguiendo la lógica solipsista habría “tantos feminismos como personas” y debido a esta multiplicidad deberíamos aceptar nuestra incapacidad para determinar si las relaciones entre subjetividades son justas o injustas, pues el solo hecho de que obedezcan a actos o decisiones voluntarias anula la pertinencia del análisis. Por ello el solipsismo sexual que subyace en determinados posicionamientos “queer”, “trans”, “post”, “porno” son hijos pelín transgresores, pero totalmente consentidos de la familia “neoliberal”.

El “solipsismo sexual”, al tomar como únicos referentes de acción la construcción de la subjetividad, el deseo y la identidad individual, contribuye a borrar, al igual que el neoliberalismo, toda memoria de la igualdad social.

El “queer solipsismo”, el “trans-solipsismo”, el “postsolipsismo”, el “pornosolipsismo”, al tomar como eje discursivo al microindividuo sexualizado, aboca a las personas a un plano de existencia pre-crítica y pre-política, ya que los referentes identitarios y las reglas que rigen sus comportamientos están elaboradas a partir de las demandas en cada situación. El “solipsismo sexual”, al tomar como únicos referentes de acción la construcción de la subjetividad, el deseo y la identidad individual, contribuye a borrar, al igual que el neoliberalismo, toda memoria de la igualdad social.

Nadie declara ser “solipsista sexual” (suena muy feo, tanto casi como “onanista”), pero lo son todas las personas que anteponen la “libre elección” a cualquier consideración ética y jurídica o anteponen los deseos individuales a los derechos sociales. El “solipsismo sexual” y la “libre elección” son connaturales al género explicativo propio del neoliberalismo. Sin embargo, personas afines a los postulados feministas y de izquierdas utilizan reverencialmente el recurso argumentativo de la “libre elección” para, al igual que opera la ideología neoliberal, dar respuesta a demandas y situaciones concretas sin entrar a considerar las consecuencias. A todo efecto, la “libre elección” opera en el seno del feminismo y de la izquierda como un troyano, neoliberal en este caso, que inficiona o corrompe los planteamientos feministas y de izquierdas desde dentro.

 

Feminizar no es feminismo

Publicado en Tribuna Feminista 29/11/2016 (http://tribunafeminista.org/2016/11/feminizar-no-es-feminismo/)

De “la mujer, mujer” de la que un día hablara Aznar a la “feminización de la política” en forma de cuidados, expresada por Pablo Iglesias, parecería, quizá, que se ha dado un salto cualitativo…. Pero lo cierto es que ambos mensajes parte del mismo supuesto, la idealización de las mujeres. Este tipo de mensajes nos retrotraen al siglo XIX y a excelsos representantes de la “misoginia romántica” como Schopenhauer, Nietzsche o el más galante Kierkegaard.

Afirmaba Kierkegaard, por ejemplo, que las mujeres son “el sueño del hombre”, que representan la “perfección en la imperfección”. Kierkegaard destacaba que la naturaleza femenina tendía a la proximidad, esto es, que su capacidad “para estar cerca” las diferenciaba de modo completo y absoluto de las capacidades y características de los varones. Así es que cuando en boca de un varón del siglo XXI oigo expresiones como “feminizar la política”, y todo ello consiste en atribuir un cierto esencialismo a lo que significa “ser mujer” como – cito textualmente- “feminizar es un tipo de solidaridad”, “feminizar es construir comunidad”, “feminizar es una red de apoyo” o “matria es la comunidad que te cuida”, pienso inevitablemente en que la galantería misógina del siglo XIX vuelve a tener voz a través de Pablo Iglesias.

Cuando en boca de un varón del siglo XXI oigo expresiones como “feminizar la política”, y todo ello consiste en atribuir un cierto esencialismo a lo que significa “ser mujer” como – cito textualmente- “feminizar es un tipo de solidaridad”, “feminizar es construir comunidad”, “feminizar es una red de apoyo” o “matria es la comunidad que te cuida”, pienso inevitablemente en que la galantería misógina del siglo XIX vuelve a tener voz a través de Pablo Iglesias

Afirma, sin embargo, el galante Iglesias que le parecen bien las cuotas o la paridad por las cuales las mujeres alcanzan una representación equitativa en puestos de representación política o empresarial. Podría por lo tanto parecer que me excedo al emparentar a Iglesias con la misoginia decimonónica, pero todos mis intentos por salvarlo de la cohorte misógina se tornan vanos cuando él mismo es el que afirma que la representación equitativa de mujeres y varones en puestos representativos trasviste a las mujeres, y cito textualmente, en “portavoces varones que son mujeres”.

Parece pues que el galante Iglesias, incapaz de hablar de “mujeres” menos aun de “feminismo”, cuando se refiere a eso de “feminizar” piensa más bien en “el sueño del varón” y que en coincidencia con Kierkegaard “la emancipación de las mujeres es una invención del diablo”.

La mística de la feminidad en el siglo XXI

Publicado en Tribuna Feminista en Febrero de 2016 (http://tribunafeminista.org/2016/02/la-mistica-de-la-feminidad-en-el-siglo-xxi/)

Uno de los rasgos que definen la “Mística de la feminidad” hoy en día es la “cultura de la maternidad total” que deriva, entre otras prácticas, en la “crianza con apego”. Esta modalidad de crianza, también descrita como “natural”, parte del supuesto que es la criatura la que demanda y marca el ritmo de sus necesidades. Por ello la ideología de “la maternidad intensiva” impone obligaciones en ocasiones poco realistas: promueve el amamantamiento prolongado y a demanda, dormir con los hijos para que sientan a sus padres más cerca y un mayor contacto físico en brazos. La “crianza con apego” refuerza la exclusividad de los progenitores por lo que se desaconseja el uso de las guarderías…..Debido a todas sus vertientes y matices no debería asombrarnos que este tipo de crianza sea objeto de análisis en ámbitos feministas.
are-you-mom-enoughPor ejemplo, no incumbe al feminismo determinar si la leche materna es  más o menos saludable,  pero sí le concierne alertar de que, a día de hoy, la comunidad científica se apoya sustancialmente en los roles de género por lo que en la mayoría de estudios relativos a cuidados y crianza se suelen referir en exclusiva a la relación de la madre con la criatura. Tratan por ello a las mujeres sólo como madres ofreciendo consejos en torno a la maternidad, pero olvidándose de aconsejar en el autocuidado. No parece probado tampoco que la “crianza con apego” proporcione un desarrollo emocional futuro sano y seguro, no más que otras modalidades de crianza, por lo que no parece “saludable” alentar públicamente este modelo de crianza sobre cualquier otro. Como es sabido, la suma de muchas individualidades comportándose de igual modo termina por consolidar un modelo o patrón de conducta que, convenientemente aderezado con un entorno de precariedad laboral, por ejemplo, y políticas que no promuevan la corresponsabilidad social en los cuidados, tenga como objetivo el regreso de las mujeres al territorio de la domesticidad. Por otra parte es cuanto menos cuestionable que esta modalidad de crianza sea caracterizada con nombres como “apego” o “natural”, ya que implícitamente sugiere que modalidades de crianza distintas sean consideradas “antinaturales” o “desapegadas”, lo que puede contribuir a desarrollar sentimientos de culpa en algunos progenitores.

Corresponde también al feminismo luchar para garantizar medidas de conciliación y corresponsabilidad que involucren a ambos progenitores, por lo que la “crianza con apego” podría hallarse en las antípodas de tal pretensión ya que, por ejemplo, el pecho a demanda, sin horarios ni tiempo prefijado de duración, refuerza el papel relevante de la madre, pero convierte en figura casi ausente al padre. De hecho existen grupos “lactivistas” que seriamente plantean a la administración que no se otorguen bajas de paternidad para los padres y que tampoco se convierta en prioridad el lograr un buen sistema de guarderías públicas. Abogan, por el contrario, por bajas retribuidas de al menos dos años para la madre. Así es que esta especie de “fundamentalismo lactante” termina por reforzar los estereotipos de género.

Creo, pues, que es absoluta competencia  del feminismo abordar el debate de la maternidad para evitar que acabe por imponerse una “mística de la maternidad” que nos devuelva, de nuevo, a las mujeres a la casilla de salida.

Feminismo en el nuevo espacio político

Publicado en Tribuna Feminista Diciembre de 2015 (http://tribunafeminista.org/2015/12/2142-2/)

En el nuevo escenario político no sé quién ha ganado, pero sí sé que ha perdido el feminismo. No encuentro diferencia alguna entre los usos de la “vieja política” y la “nueva política” por lo que hace a dar visibilidad a mujeres feministas que, se y me consta, militan en formaciones políticas de izquierdas, aunque hoy está categorización, me quieran hacer creer, esté en desuso. Y aquí comienza el primer problema. Si la distinción “ser de izquierda” o “ser de derecha” ya no es efectiva para responder a las expectativas de la ciudadanía ¿por qué habría de servir la etiqueta “feminista”? Así es que si celebramos el fin de las ideologías, celebramos con idéntica inconsciencia el fin del feminismo. Decretar la “muerte de las ideologías” ha sido algo propio del pensamiento conservador, pero que esta supuesta defunción se convierta en santo y seña del pensamiento progresista sólo me revela ansiedad por el poder y renuncia a los principios.

Por ello cabe hacerse una pregunta: ¿Qué ha sido del feminismo y las feministas en el escenario de representatividad política surgido tras el 20-D? La respuesta a esta cuestión puede incomodar a alguien, amén de catalogarme como persona mayor, pero como mayor que soy pretendo “asaltar la realidad y no los cielos”. Lo cierto es que en todos los partidos políticos del amplio espectro de izquierdas -no puedo renunciar tan fácilmente a categorías que ayudan a definir la realidad- se puede observar que han diluido al feminismo, como teoría política, para convertirlo en peculiaridad de algunas individualidades, perdonable a veces, pero mayormente molesta. El procedimiento tomado por parte de los partidos políticos verdad es que varía dependiendo de si estos son de viejo o nuevo cuño.

Los partidos clásicos, PSOE e IU, han optado por recurrir a criterios de renovación, independencia y cambio para intercambiar a mujeres feministas de larga trayectoria por otras que no destacan, precisamente, por sus servicios a la causa feminista. Tanto en el PSOE como en IU se deja a las “feministas de a pie” sin referentes en la representatividad política debido a una interpretación interesada y sesgada de la ley de Igualdad. Por otra parte, en el emergente PODEMOS no son aplicables, lógicamente, criterios de renovación cuya consecuencia sea la intercambiabilidad de sus mujeres. Si PODEMOS se presenta como “lo nuevo” se nos obliga a suponer idéntica frescura en las mujeres que obtienen representatividad política gracias a esa marca. Pero a las “feministas de a pie” se nos hace difícil suponer frescura en quienes abordan la prostitución desde un perfil bajo, eludiendo compromiso alguno a favor de la abolición. Y más difícil se nos hace suponer innovación política en quienes han afirmado que el aborto no es un tema “que construya potencia política”.

PD: En cada una de las formaciones políticas anteriormente citadas se pueden reconocer visos de inconsistencia feminista, pero más grave resultaría la tentación de abandonar la pedagogía feminista que no sólo puso contra las cuerdas a un ministro hasta hacerlo dimitir, sino que más recientemente frustró la carrera desbocada a la Moncloa del también emergente Ciudadanos. Sirva de aviso a navegantes.

Señales inquietantes desde la izquierda en la defensa de las mujeres

KOLE112 ATENAS (GRECIA), 27/01/2015.- El nuevo primer ministro griego, Alexis Tsipras (3d), camina por delante de algunos de sus nuevos ministros tras la ceremonia en la que el nuevo y reducido gabinete de Gobierno griego prestó juramento de sus cartos ante el presidente de la República de Grecia, Károlos Papulias, un día después que lo hiciera el propio Tsipras, en el palacio presidencial en Atenas, Grecia, hoy, martes 27 de enero de 2015. Tsipras nombró hoy a su nuevo gabinete, que cuenta con solo diez ministerios, cuatro de ellos con competencias múltiples, y el economista Yanis Dragasakis como vicepresidente económico. EFE/Yannis Kolesidis

El análisis político no es fácil, pero me preocupa intensamente el torrente de columnas de opinión que versan sobre política-ficción. Tanto es así, que parecería que los analistas políticos se han reconvertido en casandras, enredadores vocacionales que, pasando de las señales del momento, aventuran lo que ha de suceder. Entiendo que los análisis hipotéticos son más favorables al destino personal que trasegar con el presente: la venta de futuros siempre es rentable. Pero yo, por el contrario, quiero describir las señales del presente que no entiendo.

En clave internacional, no entiendo que una Coalición de Izquierda Radical (Syriza), que en sus estatutos afirma que “luchará por la defensa de los valores de la justicia social, la igualdad y la libertad contra el patriarcado” conciba, sin embargo, que el modo efectivo de combatir el patriarcado sea formar un Gobierno en el que no hay mujer alguna.

Por otra parte, en clave nacional, no entiendo que empoderar a la “gente”, término vago y despolitizado, conlleve desempoderar a las mujeres. Así es que no encuentro palabras adecuadas al contexto para describir este resurgir político de la vuelta al hombre, metamorfoseado en los variados “machos alfa de labia plateada” que pueblan el escenario de la política en España.

No entiendo que se me describa como innovación política la transversalización de la igualdad, tal cual aparece en el programa de Podemos, cuando es una vindicación acuñada en la Conferencia de Beijing del año 1995. Y, ya puestas, tampoco entiendo al PSOE, que hizo bandera del feminismo y de las políticas de igualdad y hoy se refiere a ellas con timidez.

No entiendo que cuando los labias plateadas se refieren a la emergencia social en la que se encuentra la infancia, la juventud, los desahuciados, los desempleados, los pobres…, apenas se mencione que muy posiblemente sea una mujer quien reúna en sí todas y cada una de las causas de la desigualdad y la exclusión.

Por ello, no está de más recordarle a las formaciones políticas de izquierda -de la derecha política nada espero- y a los que, como Podemos, deshojan la margarita de las ideologías, que para combatir el “austericidio” hay que combatir con igual intensidad el “feminicidio real” (la violencia contra las mujeres), el “feminicidio político” (el escaso liderazgo político de las mujeres), el “feminicidio económico” (ausencia de políticas específicas para las mujeres), el “feminicidio de la opinión” (estereotipos sexistas)…… En fin, la lista es larga. Así es que, parafraseando a las feministas de antaño, por el camino “del poco a poco”, del “ahora no es urgente ni prioritario” sólo se llega al valle de nunca jamás. Y en ese nebuloso lugar, el futuro no existe.

Democracia Feminista

La injusticia como tal ofende a todo el mundo, pero señalar sus causas también incomoda a una buena parte de la ciudadanía. Debido a que fijar la injusticia nos produce malestar, los estereotipos y prejuicios cristalizan: son nuestros mecanismos de defensa tanto individual como colectiva. A modo de ejemplo, señalar la pobreza o desigual distribución de la riqueza como causa de injusticia y, por tanto, de conflicto social puede hacer que una buena parte de la ciudadanía prefiera aceptar como pertinente el estereotipo de la “natural pasividad” o “carencia de carácter” de los desfavorecidos de la sociedad.

El estereotipo y el prejuicio se convierten en la tabla de salvación que permite cerrar los ojos ante la injusticia. Pero, en última instancia, pocos son los individuos de las sociedades “ricas” que se vean obligados a convivir con la pobreza o la marginación, de modo que la recurrencia tópica al estereotipo sólo se traduce en cruce de palabras que anima o agria una conversación entre amigos.

Otro caso muy distinto emerge cuando se señala como causa de injusticia y conflicto social la posición desigual y subordinada de las mujeres respecto de los varones. No podemos cerrar los ojos ante la injusticia porque con las mujeres se convive: o bien se es mujer, o bien se es varón rodeado de mujeres. La recurrencia tópica a estereotipos sexuales puede facilitar la vida de una parte de la ciudadanía, pero los modos de vida de muchas mujeres desmienten día a día los estereotipos. Es más, las normas y los estereotipos sexuales presentes en la sociedad no sólo animan o agrían una conversación, sino que son el referente por el cual determinar si nos hallamos ante una sociedad democrática o no, o ante una democracia más o menos avanzada. Las normas y los estereotipos sexuales son sólo la punta del iceberg de una injusticia sexual que, a excepción del feminismo, las teorías políticas y morales se han resistido a nombrar.

La injusticia sexual tiene su origen en la ideología patriarcal. Nombrar e intentar desactivar esta injusticia es causa de conflicto, y no lejano, como algo que les sucede a otros, sino cercano, porque resolverla necesariamente cambiará la vida de todos, mujeres y varones. Por último, no erradicar una injusticia, cuando los medios están dados, por temor al conflicto sería una impostura moral y política.

Pero a día de hoy, gobiernos, credos religiosos, partidos políticos, determinadas ONG, organismos internacionales, plataformas, asociaciones, etcétera, se decantan más por la impostura que por determinar cuál sea la posición de las mujeres en el marco de las religiones, las costumbres, las prácticas culturales, las conductas sexuales, la identidad… Ciertamente, hacer la radiografía social de acuerdo a la variable sexo resulta conflictivo, porque lo que las mujeres son o les cabe esperar, toca la medula de cómo hasta ahora se han ordenado las sociedades. De ahí que para neutralizar el conflicto se prefiera ignorar la injusticia, restando relevancia a la desigualdad de los sexos con juicios tópicos que rezan “ya será menos…”, o relativizar la injusticia en aras de la costumbre o la identidad cultural.

Para remover el entramado normativo de la ideología patriarcal, para afrontar la causa de la justicia social y sexual son necesarias las leyes. Todas las leyes sobre colectivos o grupos sociales son proteccionistas, pues tales colectivos o grupos sociales son víctimas: del patriarcado (las mujeres), de la explotación (el proletariado), víctimas del genocidio (las minorías étnicas), de la homofobia (lesbianas y gays)… Sí, las leyes son proteccionistas cuando reconocen derechos, pero si se reconocen esos derechos se deja de ser víctima. Las leyes tienden a cambiar nuestras actitudes respecto del grupo social o colectivo sobre el que se legisla. Una legislación en torno a las mujeres contribuye a que la sociedad en su conjunto tome conciencia de hacia dónde debe ir la educación, de cómo vivir el ocio, de qué entender por familia, de cómo sentir el amor, de cuál sea el mínimo exigible a los medios de comunicación, la creatividad y el saber para no reproducir en el presente y a futuro la desigualdad entre los sexos.

El cambio de actitudes de mujeres y varones no se puede hacer depender del voluntarismo individual y colectivo. Si hiciéramos depender la igualdad de la voluntad de cada quien, nuestra espera sería interminable, porque, triste es reconocerlo, la ideología patriarcal parece más sólidamente asentada que la idea de igualdad entre los sexos. ¿No se debe a la ideología patriarcal que no se perciba como necesaria una transmisión educativa basada en los principios verdaderos y activos de coeducación? ¿Cómo hemos de explicar entonces la resistencia a aceptar nuevos modelos de familia, si no es porque en la idea misma de familia subyace la estructura patriarcal? ¿Qué podemos esperar del concepto del amor cuando sólo un sexo lleva sobre sí la carga del agrado? Nombrar la igualdad no hace que ésta se materialice.

Así que cuando un gobierno, como el actual, promueve leyes en torno a las mujeres ha de esperar focos de reacción no sólo en otros partidos políticos, sino también en el mundo empresarial, en el religioso, en determinadas plataformas y asociaciones “pro…”, en la judicatura, en los medios de comunicación, en… La lista es larga. Y también ha de esperar voces femeninas que, paradójicas, a la vez que critican la profusión legislativa del gobierno, demanden regular conductas sexuales propias del orden patriarcal, como la prostitución. Por idéntica razón, cuando el feminismo consigue plasmar en leyes los derechos de las mujeres ha de esperar voces críticas que repitan los viejos tópicos decimonónicos de que las feministas somos vengativas, puritanas, proteccionistas y revanchistas. Sin embargo, y por lo ya hecho y conseguido en el pasado, es difícil argumentar que las feministas seamos vengativas por defender la igualdad de los sexos, puritanas por defender la dignidad de las mujeres, proteccionistas por desear leyes que garanticen derechos y revanchistas por no querer vivir atrapadas en las redes patriarcales.

Alicia Miyares es autora del libro Democracia feminista (Cátedra, 2003).

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de mayo de 2006