Hostilidad y Arrogancia

Publicado en Infolibre, blog “Autonomía e Igualdad”

Hostilidad y Arrogancia

 Alicia Miyares

“Por qué” es un tipo de pregunta que nos ayuda a desarrollar nuestra comprensión. A menudo también revela problemas que podíamos no haber percibido o en los que de otra manera no habríamos reparado. Sucede también que a quién se le plantea un sencillo “por qué” suele responder a la defensiva, recurriendo para ello a la hostilidad y la arrogancia, a partes iguales. La hostilidad se utiliza como medio esquivo para no desvelar las verdaderas motivaciones o creencias, que suelen discurrir por la adhesión a patrones socialmente punitivos; la arrogancia, por el contrario, refleja una pauta de comportamiento que consiste en rebajar las expectativas de los demás como modo de demostrar la propia competencia y superioridad. La hostilidad y la arrogancia son recursos potencialmente destructivos.

 

Traslademos la cuestión del “por qué” a la toma de decisiones políticas en una democracia. Es el tipo de pregunta esencialmente básica que  contribuye a evitar la tiranía, garantizar derechos esenciales, promover la libertad general, lograr la autodeterminación y autonomía moral, perseverar en el desarrollo humano, consolidar la igualdad política y, en definitiva, abrir la puerta a la convivencia pacífica y la prosperidad. En democracia formular un simple “por qué” ayuda a sortear el gobierno de autócratas crueles y cínicos. Cuando ante una decisión política se plantea un “por qué”  tan sustancialmente democrático y se responde a la defensiva, recurriendo ora a la hostilidad, ora a la arrogancia se infringe un daño a la propia democracia: bien porque el interpelado pretenda ocultar  que considera, por ejemplo, la “libertad general” o la “autonomía moral de las personas” más bien fines nocivos que deseables; bien porque considere que garantizar los “derechos esenciales” o consolidar la “igualdad política” restringe su propia “autodeterminación” o interés que no transita precisamente por la búsqueda del “bien común”. Quien así obra, en cualquier caso,  pone en cuestión la condición empíricamente necesaria para que exista la democracia, por ser ésta, a diferencia de otras formas de gobierno, un  sistema de derechos.

 

Tomemos ahora  un ejemplo concreto: el anteproyecto de ley de nombre inefable, “Ley Orgánica para la protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada“. La perplejidad que ha producido este “borrador metafísico” es de todas y todos conocidos. Quien más quien menos se habrá preguntado: ¿Por qué un gobierno se enfrenta a la libertad y autonomía moral de las mujeres? ¿Por qué un gobierno se empecina en ir contra una sociedad mayoritariamente laica o secularizada? ¿Por qué un gobierno desoye la autorizada voz de los profesionales de la salud? ¿Por qué un gobierno pretende acallar las voces críticas en el seno de su propio partido? ¿Por qué un gobierno en la toma de decisiones se decanta por la trifulca y la polémica antes que por el diálogo y el consenso? ¿Por  qué un gobierno propone un marco legislativo contrario a las normas europeas?

 

Y a lo mejor las respuestas han de ser sucintas. Pudiera ser que el gobierno fuera hostil a la libertad de las mujeres y por ello, en una muestra de arrogancia, no quiera perseverar en ninguna acción política o marco legal que consolide la autodeterminación y autonomía moral de las mujeres. Cuando el ministro de justicia, por ejemplo,  nos informa de qué es ser “una mujer auténtica” está recurriendo a la hostilidad en su presentación socialmente aceptada, la misoginia galante; cuando la misma persona, antepone un concepto tan metafísico como “el concebido” a la capacidad de decidir de las mujeres incurre en una “falacia naturalista” -creer que lo “bueno” es lo “natural”- y además sufre “el síndrome del Arcángel San Gabriel”. Tanto la aceptación totalizante de la falacia naturalista sin tomar en consideración los diferentes estados evolutivos del embrión, como creerse el mensajero de Dios, anunciando la buena nueva  a todas las españolas y no sólo a María, son inequívocas muestras de arrogancia.