Un uso indebido

Un uso indebidoEl sábado 26 de marzo paseaba por la calle Mayor en dirección a la Puerta del sol. De entre todas las personas que a su vez estaban en esa calle, como siempre llena de gente, destacaba un grupo familiar uniformemente vestido: él con un “Lacoste” verde, ella con una “blazer” verde y los niños, de ambos sexos, con camisetas verdes.  Así que inmediatamente caí en la cuenta de lo que sucedía: es lo bueno de las identidades que identificas, ¡valga la redundancia!, al instante.

Sabía por lo tanto lo que iba a encontrarme en Sol y me preparé mentalmente para ello. Pero la realidad siempre supera nuestras previsiones. No me llamó la atención las “pancartitas” caseras con eslóganes beligerantes, ni los exultantes grupos familiares, ni los rezos como si se acabara el mundo. Me había preparado, como dije, para una explosión jubilo-beligerante de los pro-vida. Lo que me llamó la atención fue la inmensa banderola que tapaba la fachada del edificio de la Presidencia de la Comunidad y más aún constatar que unos operarios desde los balcones sujetaban las gruesas cuerdas para que la banderola se desplegara en todo su esplendor. Y entonces sí me indigné.

Me indignó  que  se usara un edificio público para un fin religioso y político tan sesgado y que quien autorizó tal despliegue fuera, he de suponer, la máxima autoridad cuya obligación es representarnos a todos o, al menos, no amparar excesos fundamentalistas. A su vez, no pude dejar de pensar en el 25 de noviembre, día Internacional contra la Violencia de las mujeres, y en  en lo mediático y eficaz que sería enfundar el edificio con una gran banderola lila. Pensé, cómo no, en los cientos de manifestaciones que tienen por objeto la vindicación de la justicia sexual y social de las que ese edificio es testigo mudo, albergando todo lo más en su acera furgones policiales. Me lamenté, como no podía ser de otro modo, de la falta de reciprocidad y de la absoluta permisividad hacia un colectivo tan radical. Y por último me sumió en la más absoluta perplejidad que a los que les parece normal y natural que los edificios públicos se revistan de banderolas religiosas no les resulte también normal y natural que los edificios religiosos se revistan de banderolas cívicas. Quid pro quo.

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