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Lo llaman feminismo y no lo es: “solipsismo sexual”

El espejismo individualista de la “libre elección” aplicado al territorio de la sexualidad deriva en lo que denominaré “solipsismo sexual”. La metafísica solipsista afirma que la única garantía de certeza es el propio yo, por lo que se convierte en irrelevante determinar qué tipo de relación es la que establece un “yo” con otros “yoes”. Si combinamos “solipsismo” y “sexualidad” sólo existe la subjetividad y la unión entre subjetividades, no está motivada por nociones compartidas de justicia sexual o social o por la consecución de la igualdad; la unión entre subjetividades nace de “afinidades voluntarias”, no importa mucho qué signifique esta expresión ya que todo ha de quedar en el reino de lo difuso: “cada cual descubre que yo soy yo, y que ser yo es mi única ley”. En este momento, hay tantos géneros como personas, o muchos más, puesto que cada persona puede evolucionar en el entendimiento de su subjetividad. En el siguiente momento, las personas podemos unirnos por afinidades voluntarias, que en materia sexual, hacen de los géneros conjuntos voluntarios y difusos”. La afirmación de que “hay tantos géneros como personas” y que la interacción entre géneros-personas es difusa, o sea poco clara, es un perfecto ejemplo de aporía solipsista. El yo subjetivo y lo difuso de las relaciones sirve, a todo efecto, para legitimar cualquier tipo de práctica sea esta justa o injusta, digna o indigna, de dominio o sumisión.

No importa mucho qué signifique esta expresión ya que todo ha de quedar en el reino de lo difuso: “cada cual descubre que yo soy yo, y que ser yo es mi única ley”.

Algunos de los estudios queer, transfeministas, posfeministas, pornofeminista, etc. sobre la sexualidad, partiendo del inmutable dictum “somos lo que nos apetece” se encuadran en una metafísica de corte solipsista que “molestando, repensando y resignificando” no altera un ápice las estructuras de poder ni de dominio. La utilización del sufijo “feminista” o “feminismo” revela que el verdadero objeto del “solipsismo sexual” es molestar, repensar y resignificar el feminismo para adaptarlo al territorio de la subjetividad. Siguiendo la lógica solipsista habría “tantos feminismos como personas” y debido a esta multiplicidad deberíamos aceptar nuestra incapacidad para determinar si las relaciones entre subjetividades son justas o injustas, pues el solo hecho de que obedezcan a actos o decisiones voluntarias anula la pertinencia del análisis. Por ello el solipsismo sexual que subyace en determinados posicionamientos “queer”, “trans”, “post”, “porno” son hijos pelín transgresores, pero totalmente consentidos de la familia “neoliberal”.

El “solipsismo sexual”, al tomar como únicos referentes de acción la construcción de la subjetividad, el deseo y la identidad individual, contribuye a borrar, al igual que el neoliberalismo, toda memoria de la igualdad social.

El “queer solipsismo”, el “trans-solipsismo”, el “postsolipsismo”, el “pornosolipsismo”, al tomar como eje discursivo al microindividuo sexualizado, aboca a las personas a un plano de existencia pre-crítica y pre-política, ya que los referentes identitarios y las reglas que rigen sus comportamientos están elaboradas a partir de las demandas en cada situación. El “solipsismo sexual”, al tomar como únicos referentes de acción la construcción de la subjetividad, el deseo y la identidad individual, contribuye a borrar, al igual que el neoliberalismo, toda memoria de la igualdad social.

Nadie declara ser “solipsista sexual” (suena muy feo, tanto casi como “onanista”), pero lo son todas las personas que anteponen la “libre elección” a cualquier consideración ética y jurídica o anteponen los deseos individuales a los derechos sociales. El “solipsismo sexual” y la “libre elección” son connaturales al género explicativo propio del neoliberalismo. Sin embargo, personas afines a los postulados feministas y de izquierdas utilizan reverencialmente el recurso argumentativo de la “libre elección” para, al igual que opera la ideología neoliberal, dar respuesta a demandas y situaciones concretas sin entrar a considerar las consecuencias. A todo efecto, la “libre elección” opera en el seno del feminismo y de la izquierda como un troyano, neoliberal en este caso, que inficiona o corrompe los planteamientos feministas y de izquierdas desde dentro.

 

La tentación de la casilla cero

Alicia Miyares

Publicado en Infolibre junio de 2014

Cuando la democracia comienza a perfilarse en la última mitad del siglo XIX como la forma de gobierno posible y deseable, tres serán  las teorías políticas que contribuirán a su cimiento ideológico: el liberalismo, el socialismo (entiéndase éste con todos los matices) y el feminismo. Qué modelo de sociedad es el más deseable, cuáles han de ser las condiciones mínimas para garantizar la autonomía de las personas, qué tipo de estado es el más eficaz para resolver los problemas de la ciudadanía, fueron y siguen siendo cuestiones inherentes a la propia democracia y las diferentes, y en muchos casos antagónicas,  respuestas estuvieron y están determinadas por la teoría política a la que se recurra.

La cohabitación de las distintas ideologías en el escenario democrático no ha sido fácil, pero lo que distingue a la democracia de otras formas de gobierno como dictaduras, teocracias, etc. es que es la forma de gobierno que da cauce al desacuerdo, garantizando, a su vez, la convivencia pacífica de ideologías enfrentadas. En esta pugna ideológica le correspondió al feminismo la peor parte, puesto que en el decurso histórico ha sido considerada una teoría política, indeseada, inmoral y antinatural por el pensamiento conservador y ha sido incomprendida o “aparcada” por el pensamiento político de izquierdas. Muchas han sido las razones por las cuales al feminismo se le desprecia o ignora, pero me limitaré a indicar las claramente ideológicas.

El pensamiento conservador desde Locke a nuestros días siempre ha utilizado la idea de la Familia como metáfora política, por la cual se concibe el Estado  como una gran familia: en ambas instituciones “la natural-tradicional” y la “publica-imaginaria” ha de haber una última autoridad que “por costumbre” (expresión de Locke) reposa en el varón. Así pues,  la irrupción del discurso feminista que subvierte el “orden natural” del mundo, que cuestiona la idea de una “familia natural” jerarquizada, que afirma el igual derecho a la autoridad de mujeres y varones y que reniega de la existencia de roles diferenciados le ha de parecer al conservadurismo político una seria y repugnante amenaza a sus posiciones políticas. Ello no está reñido con que en nuestros días, sean muchas las mujeres que ostenten representatividad en la esfera de lo público-político siempre y cuando el sustrato ideológico no se cuestione.

Por otra parte, contradictoria ha sido la relación del feminismo con el pensamiento político de izquierdas, ya que ambas teorías políticas desde su origen vincularon la idea de justicia social con igualdad. Sin embargo, en el pensamiento político de izquierdas se dio una especial relevancia a los conceptos de “clase social” y  “explotación”, afirmando con ello que combatir la desigualdad dependía de la aplicación de políticas equitativas de distribución de la riqueza. El feminismo, por su parte, a este planteamiento le añadiría un matiz de hondo calado al señalar que la desigualdad no residía únicamente en desigualdades materiales, sino también en desigualdades normativas y culturales para las que la aplicación de criterios distributivos eran claramente insuficientes: la desigualdad no era sólo explotación y carencia de oportunidades, sino también todos los rasgos de opresión que se confabulaban en torno a la categoría “sexo” y que afectaban a las mujeres por el hecho de ser mujeres: subordinación, carencia de poder, marginación, violencia e imperialismo cultural (androcentrismo). Ahora bien, este matiz feminista fue y sigue produciendo resistencias a su aceptación: en el binomio mujer-varón que las mujeres representen al proletariado  y los varones a la burguesía, en feliz expresión de Engels, no parece implicar contradicción alguna para afamados izquierdistas. La no aceptación del feminismo o la resistencia a sus vindicaciones sólo puede responder a la creencia, aunque no se haga pública, de que realmente hay un “orden natural” de los sexos.

Pese a estos antecedentes históricos y  resistencias actuales, el feminismo y las corrientes políticas de izquierda estaban llamadas a entenderse y limar las desconfianzas. Este tender puentes comenzó en el último tercio del siglo XX y en muy buena medida contribuyó a ello, en las sociedades democráticas, el afianzamiento del modelo de sociedad basado en el “Estado de bienestar”: la idea de mejorar, completar y consolidar ese modelo social llevará al cruce de caminos entre el feminismo y la socialdemocracia. Surgió de todo ello una agenda política nada desdeñable por lo que sería inadecuado tildarla de “intraagenda” feminista: el feminismo no opera como un lobby o grupo de interés. Su agenda política es una agenda colectiva, puesto que el feminismo al promover cambios en los modos de vida de las mujeres indefectiblemente promueve cambios en los modos de vida de los varones.

En el caso de España, por ejemplo, la agenda política feminista fue llevada a término, en algunos de sus puntos, por el último gobierno socialista. Se legisló en materia de derechos sexuales y reproductivos, en violencia de género, en la necesaria representatividad de las mujeres, en el reconocimiento de las tareas de cuidado,  en cambios en los contenidos curriculares en el aula, en mecanismos preferenciales de acceso de las mujeres al empleo etc., pero a la par no se articularon los suficientes diques de contención a la reacción que día a día   en los púlpitos, en sectores o administraciones educativas, en instituciones académicas y en medios de comunicación lograron generar un estado de opinión en contra sin precedentes.  El objetivo del pensamiento reactivo conservador se centró básicamente en instalar en la opinión pública que un grupo de interés, las feministas, pretendía imponer una agenda indeseada. Se importó de los grupos “neocon” estadounidenses el uso del  término “feminazi” para criticar a los colectivos de mujeres feministas. La campaña de descrédito de aquellos años ha llegado a nuestros días traducida en dos versiones: impunidad o desconfianza.

Así por ejemplo, el conservadurismo político está operando con total impunidad para desbaratar todo lo que tenga que ver con políticas de igualdad y con cambios normativos y culturales, confiados además en que no es esperable una campaña mediática y crítica de proporciones parecidas a las sufridas por el gobierno socialista. El pensamiento político conservador tiene como objetivo situar al feminismo, de nuevo, en la casilla cero. Por otra parte, en algunos sectores de izquierda  o de la nueva izquierda emergente se ha instalado la desconfianza. A ellos se debe la expresión “feminismo institucional” con evidentes connotaciones peyorativas para designar lo llevado a cabo por las feministas socialistas, feministas de otros partidos políticos y las organizaciones de mujeres. La expresión “Feminismo institucional” es de todo punto inadecuada por inexacta pues si pudiéramos remitirnos a una institucionalidad feminista no sería tan fácil alterar lo alcanzado en términos legislativos en materia de igualdad. Parece, por lo tanto, anidar en algunos sectores de la izquierda política la tentación de volver de nuevo a la casilla cero, en la creencia que desde esa posición originaria se podrán hacer las cosas de otra manera y mejor.

Ante esta situación corresponde al feminismo y a las feministas sobrevolar  la polaridad en la que parecen haberse instalado los partidos políticos. Si bien muchas feministas nos identificamos también con unos u otros partidos políticos, siempre hemos operado con la idea de la igualdad como reconocimiento lo que nos ha permitido no caer en la estrechez de miras del “y tú más”. Nada sería más desastroso para el feminismo que incurriera en la enfermedad que lastra a los partidos políticos, incluidos  los de nuevo cuño, las valoraciones alicortas y los juicios cínicos o cicateros. El feminismo tiene el suficiente camino andado para iluminar una democracia más plena.

 

¡Pacto ya por los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres en la unión europea!

Leo en el periódico El País: “El alemán Martin Schulz, ha dado este jueves un apoyo sin fisuras al líder conservador, el luxemburgués Jean-Claude Juncker, para lograr la silla más preciada de Bruselas: la presidencia de la Comisión Europea. Schulz pone únicamente dos condiciones a ese respaldo. Por un lado, que el programa de Juncker para los próximos cinco años haga concesiones al centroizquierda e incluya «asuntos relacionados con la justicia social, la reducción de desigualdades,
estímulos a favor del crecimiento y el empleo y fórmulas para que el crédito vuelva a fluir»”.
Bien hasta aquí la cita. Me preocupa de esta noticia el uso de los términos “concesiones” y “asuntos”. Por seguir el hilo de la noticia, “la justicia social”, “la reducción de las desigualdades” ni han sido “concesiones” ni, por supuesto, son meros “asuntos”, sino que son los pilares en torno a los cuales la izquierda se ha vertebrado y por los que ha luchado. Así pues, los términos de la negociación no pueden ser tan vagos, ni tan concesivos. Me explico con un ejemplo: no puede haber justicia social sin justicia sexual. Así que una exigencia concreta de la socialdemocracia en su negociación con el Partido Popular Europeo debería centrarse en no aceptar en el seno de la Unión ninguna regresión legislativa en materia de derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.
Corresponde, por lo tanto, al Partido Popular Europeo (PPE) aceptar los términos de esa negociación y consecuentemente exigir la retirada, en el caso de España, del proyecto de Ley de Gallardón . Si hemos de creer que la Unión Europea es una unión no sólo económica, sino también política no puede haber una Europa de dos velocidades en materia de Derechos y Libertades.

A vueltas con la educación segregada

Gracias a un comentario de Amelia Valcarcel traigo este breve comentario que escribí para Fundación Mujeres. La defensa de la segregación en la aulas obedece a un miedo: el miedo surge de la posición aventajada de las niñas y las mujeres en el aula. La educación tiene una dimensión objetiva que es la formación alcanzada y es incontestable que las mujeres presentan hoy mayor formación que los varones. Esa mayor formación a la larga desencadena o debería desencadenar unas expectativas de vida que realmente pongan en entredicho modelos de vida y de familias altamente estereotipadas en función del sexo.
Curiosamente los defensores de la educación segregada nunca mencionan que esa ventaja formativa de las mujeres, se produce, sin embargo, en un contexto desfavorable para ellas. La ventaja formativa de las mujeres se produce en un contexto académico absolutamente androcéntrico. Y pese a ello obtienen mejores resultados. La solución a la diferencia formativa de niñas y niños, mujeres y varones no parece residir en una educación segregada, pues ya reciben una formación absolutamente segregada y favorable a los varones, sino en erradicar precisamente el androcentrismo o generalización de la perspectiva masculina en nuestros centros de enseñanza. Quiza la respuesta esté en romper estereotipos y no en segregar.

Misoginia y Reacción

 

al myALICIA MIYARES. Corresponde al feminismo, como teoría política que es, la denuncia de este retroceso: cuando se ciegan los derechos de las mujeres, retrocede la ciudadanía en su conjunto

La adhesión a la democracia radica en el hecho de ser el sistema de gobierno que con mayor eficacia lucha contra la injusticia social y mejor garantiza la distribución equitativa de la riqueza, pero además corresponde a las democracias avanzadas el reconocimiento y consolidación de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales, sexuales y culturales. La calidad de una democracia se mide por la consolidación de los derechos de la ciudadanía. Sin embargo, a día de hoy este ideal está totalmente amenazado.

En tiempos de crisis todo es maleable y susceptible de ser remodelado. La propia democracia se resiente en un contexto de crisis económica porque la ciudadanía tiene la percepción de que la crisis económica ha derivado en una crisis social y política. La deriva se debe al abandono en el que han caído los principios de igualdad, libertad y justicia como valores rectores de la cohesión social. El abandono de políticas públicas cuyo referente sea la igualdad, las limitaciones impuestas al uso y disfrute de nuestros derechos y la sustitución del paradigma de la justicia social por un sentido de justicia coercitivo y punitivo, terminan por afectar a los grupos sociales más vulnerables o a colectivos que, apenas en fecha muy reciente, han logrado adquirir cierta posición de equiparación social.

La crisis económica ha servido de pretexto para desposeer a la democracia de su fuerza, la defensa de las mayorías y también de su eficacia, el bien común. En el contexto actual, en el que las decisiones dimanan de autoridades transnacionales poco representativas y en las que la racionalidad económica parece anteponerse a cualquier tipo de consideración social, la democracia se convierte en un sistema político excesivamente formal. Si además discursivamente el ideal de igualdad es suplantado por el de sacrificio, el de libertad por el de orden y el de justicia por el de autoridad, las víctimas serán legión. Los valores arcaizantes de “sacrificio”, “orden” y “autoridad”, muy del gusto de la ideología política conservadora, no sólo contribuyen a infantilizar a la población en su conjunto, sino que tienden a resituar a los distintos grupos sociales o colectivos en posiciones culturales y valorativas pre-democráticas.

Nada de todo ello se produce de manera casual o inconsciente, sino que, por el contrario, el retorno a las “esencias” obedece a una “estrategia de contención democrática”: si, por ejemplo, estamos abrumados por la pérdida de poder adquisitivo no demandaremos calidad en los servicios e incluso algunas personas aceptarán que guarden entre ellas relación de causa-efecto. Pero para que se produzca por parte de la ciudadanía una relativa aceptación de este nuevo modelo de “contención democrática”, los gobiernos, sobre todo los de ideología conservadora, tienden a centrarse en refrenar las expectativas de determinados grupos sociales, siendo el de las mujeres uno de ellos.

 

Los medios utilizados para diferir las expectativas de las mujeres son la misoginia y la reacción política

 

La “contención democrática” ejercida sobre las mujeres cumple una doble función: no sólo lastra la consolidación de los derechos de igualdad y libertad de las mujeres, sino que además orienta a la ciudadanía en su conjunto hacia la asunción de valores más tradicionales. Los medios utilizados para diferir las expectativas de las mujeres son la misoginia y la reacción política.

Culturalmente, el universo misógino representa un contravalor a los valores de igualdad y reconocimiento. Por misoginia entendemos la aversión u odio a las mujeres que consiste en despreciar a la mujer como sexo. La misoginia puede revelar una tendencia ideológica retrógrada. Pero también puede estar asociada a un sentimiento generalizado de desprecio: la aversión a las mujeres suele ser en algunos casos un síntoma de misantropía. Misoginia y misantropía se dan la mano para invalidar las políticas de reconocimiento, para negar mecanismos de inclusión, para denostar lo “políticamente correcto”, para convertir a la democracia en un sistema político cínico y formal donde “mandan los que tienen que mandar”. La misoginia tiene como único paradigma posible el elitismo.

El canal de transmisión de la misoginia es la recurrencia constante a los estereotipos, a las percepciones o creencias de que los sexos son fundamentalmente diferentes. Hoy en día, la misoginia se desparrama más allá de las columnas de opinión, donde había logrado sobrevivir, para hacerse presente en manifiestos, manuales de vida o recomendaciones religiosas, por nombrar sólo algunas de las más recientes manifestaciones misóginas.

 

Una de las innovaciones políticas que más cambios ha provocado ha sido la apuesta por la efectiva igualdad de mujeres y varones

 

A su vez, por reacción debemos entender la actitud de oposición ante las innovaciones políticas, sociales y culturales. Una de las innovaciones políticas que más cambios ha provocado tanto en valores, como en el modo de relacionarnos socialmente, como en la articulación política ha sido la apuesta por la efectiva igualdad de mujeres y varones. La reacción a la innovación política de la igualdad ha residido en instancias ajenas al poder político, pero más lamentable es que ahora anide en el seno de quien ejerce el poder. Si nos atenemos a las declaraciones o medidas que ha puesto en marcha el gobierno del partido popular, no parece aventurado afirmar que la reacción está instalada en el gobierno. Por ejemplo, negar que en los sistemas de elección o de cooptación se produzcan sesgos de género favorable a los varones y se interrumpan, por ello, las medidas de acción positiva para las mujeres, sólo se entiende en el marco de una política reactiva; convertir los “derechos de las mujeres” en expresión tabú, no solo es una alteración de la realidad, sino una perversión reactiva.

Sirva lo anterior de ejemplo para afirmar que el gobierno no tiene la mínima intención de desactivar las ideologías y normas sexuales, nutrientes esenciales al pensamiento reactivo. Más bien al contrario necesita reforzarlas, como a su vez se muestra concesivo con instituciones que alientan normativamente la ideología sexual, como es el caso de la Conferencia Episcopal.

A modo de conclusión, sabemos que este gobierno opera en contra de la igualdad y el reconocimiento; elige a las mujeres como grupo social de referencia sobre el que aplicar la “estrategia de contención democrática”. Por ello corresponde al feminismo, como teoría política que es, la denuncia de este retroceso: cuando se ciegan los derechos de las mujeres, retrocede la ciudadanía en su conjunto.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Alicia Miyares es filósofa. Estudió en la Universidad de Oviedo. Es doctora en Filosofía y profesora de Filosofía de enseñanza secundaria. Sus líneas de investigación son los aspectos sociales, políticos y morales del siglo XIX y su repercusión en la historia del feminismo, el feminismo como filosofía política, y la democracia actual y su perfeccionamiento. En su trayectoria ha combinado la teoría con el activismo político, comprometiéndose en la necesaria vinculación del feminismo con políticas públicas de igualdad. Fue Jefa de Gabinete de la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno de Asturias (1993-1995); Consejera técnica de la Unidad de Igualdad “Mujer y Ciencia” del Ministerio de Educación y Ciencia (2006-2008); Asesora del gabinete de la Vicepresidenta Primera del Gobierno (2008-2011) e integrante del Consejo Rector del Instituto Asturiano de la Mujer y Secretaria de la Asociación Española de Filosofía María Zambrano.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ALICIA MIYARES: Democracia feminista. Cátedra. 2003

ALICIA MIYARES, PILAR BALLARÍN-DOMINGO, ROSA COBO-BEDIA, ANA IGLESIAS-GALDO, CRISTINA JUSTO-SUÁREZ, LUISA POSADA-KUBISSA, ANA SÁNCHEZ-BELLO: Educar en la ciudadanía. Perspectivas feministas (ensayo). Cátedra. 2003

ALICIA MIYARES, CELIA AMORÓS, ROSA COBO-BEDIA, LUISA POSADA-KUBISSA, ANA SÁNCHEZ-BELLO: Interculturalidad, feminismo y educación (ensayo). 2005.

ALICIA MIYARES: Sufragismo y teoría feminista, de la Ilustración a la globalización. 2005.

ALICIA MIYARES: Democracia feminista (ensayo). 2008

ALICIA MIYARES: Multiculturalismo, coeducación y ciudadanía. 2008:

2008: editora del libro Tercer encuentro de mujeres líderes iberoamericanas editado por la fundación Carolina.

14 puntos del revés

Comentario Cadena Ser-Asturias “La Ventana” :29 de octubre 14 puntos del revés (audio)

Anualmente  el Fondo Económico Mundial elabora el “Informe global sobre desigualdad de género” que recoge datos de 135 países. De acuerdo al Informe de 2012, España ha retrocedido en un año 14 puestos en el índice de igualdad de género.

En este informe se califica a los países en función de su capacidad para cerrar “la brecha de género” en cuatro áreas consideradas clave: el acceso a la salud, la educación, la participación política y la igualdad económica.

España obtiene su mejor nota,  al igual que en años anteriores, en  “logros educativos” seguido de “sanidad y mortalidad”; se mantiene en valores medios en  “participación económica y oportunidades” y disminuye a casi la mitad en  “influencia política” de las mujeres.

Una primera conclusión que podemos extraer es que en los últimos años los avances de las mujeres en “logros educativos” apenas si han conseguido quebrar la desigualdad que sufren las mujeres en “participación económica y oportunidades”.  No está de más recordar que a día de hoy son más las mujeres que obtienen una licenciatura universitaria que varones.

Esta falta de adecuación entre formación de las mujeres y disfrute por igual, con respecto a los varones, en participación económica y oportunidades pone totalmente en entredicho  la idea de mérito. Si el mérito es objetivable, ¿puede haber algo más objetivo que la formación alcanzada? Y si las mujeres estamos en paridad formativa con los varones y en algunos tramos educativos en superioridad ¿cómo es que seguimos padeciendo desigualdad en participación económica y oportunidades?

Así las cosas, parece que, por el momento, el mérito no es tan objetivo como algunos nos quieren hacer suponer. Parece que el reconocimiento del mérito reside, mas bien, en cuestiones tan subjetivas como los grupos de interés creados, las cadenas de favores debidos y la capacidad de influencia.Cuando esta idea de mérito sustituye a las medidas de acción positivas para limar las desigualdades sucede lo que nos revela el informe: el drástico retroceso de la influencia política de las mujeres españolas.

A modo de conclusión última, parece evidente que en 10 meses de gobierno del partido popular, su negativa a adoptar medidas de acción positiva y su enardecida defensa del “mérito subjetivo” nos ha llevado también a la “caída libre” en igualdad.

 

Abstención

Comentario Cadena Ser-Asturias “La Ventana” :22 de octubre Abstención (audio)

Se han celebrado las elecciones vascas y gallegas. Al margen de los resultados electorales, parece que lo que ha marcado estas  elecciones ha sido la abstención y el desencanto de la ciudadanía.

No se debería extrapolar lo que sucede en unas autonómicas para vaticinar el posible comportamiento del electorado en unas elecciones generales, pero lo cierto es que, sin hacer pronósticos de resultados, parece que lo que sí se consolidaría sería la abstención y  el desencanto.

No estaría de más que los partidos políticos reflexionaran seriamente no sólo en la fuga de votos a otras formaciones, en la pérdida de escaños y en el desplome o la irrupción de alguna  que otra formación política , sino en las causas que producen la abstención y el desencanto.

Bien podría suceder que la alta abstención se deba en muy buena medida a la carencia de liderazgo de los candidatos y que el desencanto surja del descrédito en el que han caído las propuestas programáticas de las distintas formaciones políticas. Así las cosas, los partidos políticos parecen estar obligados a corregir sus dinámicas internas si no quieren perder la sintonía con la ciudadanía.

Una elección perdida siempre es un desgaste para el partido político que la pierde, pero si además en unas elecciones se consolida la indiferencia ciudadana pierde la democracia en su conjunto.

 

Gladiadores de las palabras

Comentario Cadena Ser-Asturias “La Ventana” :8 de octubre: Gladiadores de las palabras (Audio)

Los gladiadores de las palabras son aquellas personas que en el uso de sus competencias lingüísticas producen descrédito  y violencia injustificados.

La gran mayoría de los gladiadores de las palabras trabajan en la arena mediática. Emplean su capacidad oral o escrita en avivar las pasiones emocionales, fundamentalmente sentimientos negativos como la desconfianza, el recelo o incluso el odio. No emplean la argumentación sino las invectivas; ciegan la posibilidad de diálogo al descalificar de manera permanente al contrario; defienden, además, la estrategia de la confrontación impidiendo cualquier posibilidad de pacto. Son amantes de la polémica pues gracias a ella no se requiere del arte del florín y sus fintas, sino del uso locuaz de las palabras a modo de estocadas.

Los gladiadores de las palabras, no son paladines de la libertad de expresión sino voceros del dogmatismo y la coacción; no son en absoluto inocuos ya que contribuyen al magma emocional de las adhesiones o reacciones primarias; no son pacificadores natos pues en demasiadas ocasiones se transforman en apologetas de la violencia: muy especialmente  están especializados en la apología de la violencia contra las mujeres.

Ahora bien, siendo como son nocivos los “mirmillones” mediáticos, más lo son los que ejerciendo un cargo político, y llevados de su locuacidad, amparan, de un  lado, la vulneración de la ley y de otro, hacen apología de la violencia contra las mujeres.

Estos gladiadores políticos nos revelan que para ellos la democracia es sólo “pan y circo”. En sus redes no tienen cabida las exigibles nociones de “derechos compartidos”, “bien común” y “defensa de la ley”. Para estos “mirmillones” políticos no cabe el silencio partidista, ni el cierre de filas y ni siquiera son suficientes las disculpas y la renuncia al cargo. Cómo y por qué han llegado estos gladiadores políticos a ocupar cargo alguno exige una respuesta por parte de quienes los han nombrado. La salud democrática no puede depender de “la suerte está echada”.

 

Un uso indebido

Un uso indebidoEl sábado 26 de marzo paseaba por la calle Mayor en dirección a la Puerta del sol. De entre todas las personas que a su vez estaban en esa calle, como siempre llena de gente, destacaba un grupo familiar uniformemente vestido: él con un “Lacoste” verde, ella con una “blazer” verde y los niños, de ambos sexos, con camisetas verdes.  Así que inmediatamente caí en la cuenta de lo que sucedía: es lo bueno de las identidades que identificas, ¡valga la redundancia!, al instante.

Sabía por lo tanto lo que iba a encontrarme en Sol y me preparé mentalmente para ello. Pero la realidad siempre supera nuestras previsiones. No me llamó la atención las “pancartitas” caseras con eslóganes beligerantes, ni los exultantes grupos familiares, ni los rezos como si se acabara el mundo. Me había preparado, como dije, para una explosión jubilo-beligerante de los pro-vida. Lo que me llamó la atención fue la inmensa banderola que tapaba la fachada del edificio de la Presidencia de la Comunidad y más aún constatar que unos operarios desde los balcones sujetaban las gruesas cuerdas para que la banderola se desplegara en todo su esplendor. Y entonces sí me indigné.

Me indignó  que  se usara un edificio público para un fin religioso y político tan sesgado y que quien autorizó tal despliegue fuera, he de suponer, la máxima autoridad cuya obligación es representarnos a todos o, al menos, no amparar excesos fundamentalistas. A su vez, no pude dejar de pensar en el 25 de noviembre, día Internacional contra la Violencia de las mujeres, y en  en lo mediático y eficaz que sería enfundar el edificio con una gran banderola lila. Pensé, cómo no, en los cientos de manifestaciones que tienen por objeto la vindicación de la justicia sexual y social de las que ese edificio es testigo mudo, albergando todo lo más en su acera furgones policiales. Me lamenté, como no podía ser de otro modo, de la falta de reciprocidad y de la absoluta permisividad hacia un colectivo tan radical. Y por último me sumió en la más absoluta perplejidad que a los que les parece normal y natural que los edificios públicos se revistan de banderolas religiosas no les resulte también normal y natural que los edificios religiosos se revistan de banderolas cívicas. Quid pro quo.

Democracia Feminista

La injusticia como tal ofende a todo el mundo, pero señalar sus causas también incomoda a una buena parte de la ciudadanía. Debido a que fijar la injusticia nos produce malestar, los estereotipos y prejuicios cristalizan: son nuestros mecanismos de defensa tanto individual como colectiva. A modo de ejemplo, señalar la pobreza o desigual distribución de la riqueza como causa de injusticia y, por tanto, de conflicto social puede hacer que una buena parte de la ciudadanía prefiera aceptar como pertinente el estereotipo de la “natural pasividad” o “carencia de carácter” de los desfavorecidos de la sociedad.

El estereotipo y el prejuicio se convierten en la tabla de salvación que permite cerrar los ojos ante la injusticia. Pero, en última instancia, pocos son los individuos de las sociedades “ricas” que se vean obligados a convivir con la pobreza o la marginación, de modo que la recurrencia tópica al estereotipo sólo se traduce en cruce de palabras que anima o agria una conversación entre amigos.

Otro caso muy distinto emerge cuando se señala como causa de injusticia y conflicto social la posición desigual y subordinada de las mujeres respecto de los varones. No podemos cerrar los ojos ante la injusticia porque con las mujeres se convive: o bien se es mujer, o bien se es varón rodeado de mujeres. La recurrencia tópica a estereotipos sexuales puede facilitar la vida de una parte de la ciudadanía, pero los modos de vida de muchas mujeres desmienten día a día los estereotipos. Es más, las normas y los estereotipos sexuales presentes en la sociedad no sólo animan o agrían una conversación, sino que son el referente por el cual determinar si nos hallamos ante una sociedad democrática o no, o ante una democracia más o menos avanzada. Las normas y los estereotipos sexuales son sólo la punta del iceberg de una injusticia sexual que, a excepción del feminismo, las teorías políticas y morales se han resistido a nombrar.

La injusticia sexual tiene su origen en la ideología patriarcal. Nombrar e intentar desactivar esta injusticia es causa de conflicto, y no lejano, como algo que les sucede a otros, sino cercano, porque resolverla necesariamente cambiará la vida de todos, mujeres y varones. Por último, no erradicar una injusticia, cuando los medios están dados, por temor al conflicto sería una impostura moral y política.

Pero a día de hoy, gobiernos, credos religiosos, partidos políticos, determinadas ONG, organismos internacionales, plataformas, asociaciones, etcétera, se decantan más por la impostura que por determinar cuál sea la posición de las mujeres en el marco de las religiones, las costumbres, las prácticas culturales, las conductas sexuales, la identidad… Ciertamente, hacer la radiografía social de acuerdo a la variable sexo resulta conflictivo, porque lo que las mujeres son o les cabe esperar, toca la medula de cómo hasta ahora se han ordenado las sociedades. De ahí que para neutralizar el conflicto se prefiera ignorar la injusticia, restando relevancia a la desigualdad de los sexos con juicios tópicos que rezan “ya será menos…”, o relativizar la injusticia en aras de la costumbre o la identidad cultural.

Para remover el entramado normativo de la ideología patriarcal, para afrontar la causa de la justicia social y sexual son necesarias las leyes. Todas las leyes sobre colectivos o grupos sociales son proteccionistas, pues tales colectivos o grupos sociales son víctimas: del patriarcado (las mujeres), de la explotación (el proletariado), víctimas del genocidio (las minorías étnicas), de la homofobia (lesbianas y gays)… Sí, las leyes son proteccionistas cuando reconocen derechos, pero si se reconocen esos derechos se deja de ser víctima. Las leyes tienden a cambiar nuestras actitudes respecto del grupo social o colectivo sobre el que se legisla. Una legislación en torno a las mujeres contribuye a que la sociedad en su conjunto tome conciencia de hacia dónde debe ir la educación, de cómo vivir el ocio, de qué entender por familia, de cómo sentir el amor, de cuál sea el mínimo exigible a los medios de comunicación, la creatividad y el saber para no reproducir en el presente y a futuro la desigualdad entre los sexos.

El cambio de actitudes de mujeres y varones no se puede hacer depender del voluntarismo individual y colectivo. Si hiciéramos depender la igualdad de la voluntad de cada quien, nuestra espera sería interminable, porque, triste es reconocerlo, la ideología patriarcal parece más sólidamente asentada que la idea de igualdad entre los sexos. ¿No se debe a la ideología patriarcal que no se perciba como necesaria una transmisión educativa basada en los principios verdaderos y activos de coeducación? ¿Cómo hemos de explicar entonces la resistencia a aceptar nuevos modelos de familia, si no es porque en la idea misma de familia subyace la estructura patriarcal? ¿Qué podemos esperar del concepto del amor cuando sólo un sexo lleva sobre sí la carga del agrado? Nombrar la igualdad no hace que ésta se materialice.

Así que cuando un gobierno, como el actual, promueve leyes en torno a las mujeres ha de esperar focos de reacción no sólo en otros partidos políticos, sino también en el mundo empresarial, en el religioso, en determinadas plataformas y asociaciones “pro…”, en la judicatura, en los medios de comunicación, en… La lista es larga. Y también ha de esperar voces femeninas que, paradójicas, a la vez que critican la profusión legislativa del gobierno, demanden regular conductas sexuales propias del orden patriarcal, como la prostitución. Por idéntica razón, cuando el feminismo consigue plasmar en leyes los derechos de las mujeres ha de esperar voces críticas que repitan los viejos tópicos decimonónicos de que las feministas somos vengativas, puritanas, proteccionistas y revanchistas. Sin embargo, y por lo ya hecho y conseguido en el pasado, es difícil argumentar que las feministas seamos vengativas por defender la igualdad de los sexos, puritanas por defender la dignidad de las mujeres, proteccionistas por desear leyes que garanticen derechos y revanchistas por no querer vivir atrapadas en las redes patriarcales.

Alicia Miyares es autora del libro Democracia feminista (Cátedra, 2003).

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de mayo de 2006