Archivo de la etiqueta: política

El Congreso de “Demopos”

 

En una librería de viejo se ha encontrado una crónica que cambiará la imagen que teníamos de lo que sucedió en el “Congreso de Demopos” en el siglo XIX. En la crónica se narran los siguientes acontecimientos: “En los días previos al “Congreso de Demopos” una facción desgajada de la corriente principal marxista y liderada por P. Churches y J.C. Purse, llegaron a la pequeña localidad de Sunisdown conscientes del golpe de efecto que iban a dar a las tesis del anciano Marx, ausente por problemas de gota. En su lugar y representando esa corriente principal se hallaban el maduro Mr. Cyao Alar y el joven Goznar. El trabajo previo al congreso era de especial trascendencia pues se debía debatir abiertamente un programa conjunto para dar forma a la incipiente democracia y trascurridas ya con cierto éxito las revoluciones burguesas.

Se sentían animosos, pues parecía evidente que el régimen de 1878 se estaba descomponiendo y el olor a cambio político se respiraba en el ambiente. Pero lo que sucedió a continuación es difícil de narrar para esta cronista. Una vez sentadas las distintas facciones correspondió a J.C Purse el uso de la palabra en primer lugar, quizá por una muestra de cortesía de Mr. Cyao Alar. Purse con ese semblante y voz que aburre un poco intentó animar a los concurrentes con el exordio “es la hora del demos”, pero después de tan vibrante inicio  se puso a leer: “el movimiento 15 M ayudó así decisivamente a introducir en el sentido común de época elementos impugnatorios del orden existente y que señalaban a las élites como responsables del juego de diferencias en el que descansa el pluralismo”. En ese momento las caras de incredulidad no eran sólo la de esta cronista y los murmullos eran bastante audibles: “¿pero qué dice?… ¿la democracia no es pluralidad?… No entiendo si el camarada está haciendo una crítica a las élites o lo contrario…”.

Purse que veía que aquello se le iba de las manos hizo una proclama reconocida por todos a la “identidad de clase” y a las “narrativas ideológicas tradicionales”, pero el desgaste pasional lo llevó a leer de nuevo: “IU, vinculada generacional y culturalmente al orden de 1878*, ha tenido en general –y salvo honrosas excepciones principalmente provenientes de las bases- reacciones tímidas y conservadoras”. Había que estar allí para ver la mirada de toro de la dehesa que Mr. Cyao Alar le dirigió a Purse, no llegó a más el asunto porque una mesa se lo impedía. Por el contrario, el joven Goznar no pudo evitar un sonrisilla y mirada de agradecimiento a Purse pues él era, lógicamente, la “honrosa excepción”. Inmune Purse, continuaba: “Las hipótesis movimientistas y de gran parte de la extrema izquierda, instaladas en un cierto mecanicismo por el que “lo social” ha de preceder a lo “político”, se han demostrado incorrectas para romper la impotencia de la espera y proponer pasos concretos más allá de la movilización.” Y estas fueron sus últimas palabras porque el aullido fue general y entre los pitidos y griterío se distinguían algunas voces airadas muy claramente:” ¡pero de qué vas… somos izquierda nuestra lucha es lo social!”,  “¡ o sea la política a cualquier precio… ¿es eso lo correcto?, ¿este es el nuevo mensaje?! Y una voz más atinada “¿ qué son las hipótesis movimientistas?….”.

 Y la reunión hubiera acabado en ese instante, pero entonces P. Churches  se levantó muy tranquilo. Hizo un ademán con las manos para imponer la paz como si fuera un hombre de iglesia. Ladeó un poco su joven cuerpo y con mucho sosiego trasladó a la audiencia que no habían entendido a su compañero de filas y también leyó, pero notándosele menos: “Seguramente la disyuntiva política estratégica hoy está entre restauración oligárquica o apertura democrático-plebeya, posiblemente en un sentido constituyente”. Ante esta afirmación las sillas se removieron, pero tengo que decir que sólo pude oír al que tenía a mi izquierda preguntarse: “¿Una democracia plebeya?… –y mirándome- ¿pero por qué se va al feudalismo si estamos en tiempos modernos…?

No supe darle contestación alguna. Me encogí de hombros y retomé el hilo de lo que contaba Churches que en ese momento afirmaba: “Esto imposibilita tanto las hipótesis insurreccionales como las de construcción de contrapoderes “por fuera” de la estatalidad”. No pude evitar tener la sensación de que este grupo se enredaba demasiado con “las hipótesis” y los palabros como “insurreccionales” y similares… Al salir del ensimismamiento pude constatar que el joven Churches con acentuada pasión tenía al auditorio pendiente de sus palabras: “porque el momento actual presenta diferentes elementos que constituyen una oportunidad política difícilmente mejorable en un contexto no revolucionario” y aquí estalló de nuevo el griterío, pero de “vivas” y “a por ellos”, etc. Se le jaleaba abiertamente y aprovechando el jaleo me moví a las filas de atrás de la sala, para tener otra visión o recoger otras opiniones que el campo parecía trillado en donde estaba.

No me fue fácil llegar al fondo porque, todo sea dicho, la sala estaba atiborrada. Así que cuando, por fin, me instalé entre dos varones de mediana edad, P. Churches  leía el párrafo más extenso que sin interrupciones era escuchado por un auditorio rendido al orador: “ Esa posición, que nos convierte en un claro referente de la dicotomía “nuevo/viejo” será incompatible con el menor caso de corrupción y es hasta cierto punto difícil de mantener en el tiempo cuando nuestra política no sea sólo de construcción de voluntad de cambio sino que se enrede en la gestión, sus necesarias transacciones y compromisos, en un momento de estrechamiento de la autonomía de las instituciones subnacionales frente  al plan de ajuste”. Silencio en la sala y P. Churches sin aliento. Los dos varones que tan gentilmente me habían hecho un hueco se miraron y para mi asombro hablaron en castellano, idioma que por cuestiones que no vienen al caso entiendo. El más cercano a mi le decía al otro: “A qué viene eso de la corrupción, Pablo… ¿Nos está diciendo  que la corrupción no se puede evitar y que ellos terminaran por caer en ella?”. El susodicho Pablo miró con tristeza infinita a su compañero: “lo peor es la voluntad de engaño y el desprecio que manifiestan a la gestión de lo público. Demasiado para mis oídos…” Y se fueron y yo con ellos cansada de tanto lenguaje masculino y viejuno. Cuando salí a luz del día me pareció haber hecho un viaje al pasado.

Alice Yermais

 *Nota de la compiladora, Alicia Miyares: “En la Crónica aparece la fecha de 1978. Creemos que ha sido un error tipográfico muy común en el siglo XIX, por lo que ha sido corregida la fecha por la compiladora para que el lector/a no se despiste”.

Misoginia y Reacción

 

al myALICIA MIYARES. Corresponde al feminismo, como teoría política que es, la denuncia de este retroceso: cuando se ciegan los derechos de las mujeres, retrocede la ciudadanía en su conjunto

La adhesión a la democracia radica en el hecho de ser el sistema de gobierno que con mayor eficacia lucha contra la injusticia social y mejor garantiza la distribución equitativa de la riqueza, pero además corresponde a las democracias avanzadas el reconocimiento y consolidación de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales, sexuales y culturales. La calidad de una democracia se mide por la consolidación de los derechos de la ciudadanía. Sin embargo, a día de hoy este ideal está totalmente amenazado.

En tiempos de crisis todo es maleable y susceptible de ser remodelado. La propia democracia se resiente en un contexto de crisis económica porque la ciudadanía tiene la percepción de que la crisis económica ha derivado en una crisis social y política. La deriva se debe al abandono en el que han caído los principios de igualdad, libertad y justicia como valores rectores de la cohesión social. El abandono de políticas públicas cuyo referente sea la igualdad, las limitaciones impuestas al uso y disfrute de nuestros derechos y la sustitución del paradigma de la justicia social por un sentido de justicia coercitivo y punitivo, terminan por afectar a los grupos sociales más vulnerables o a colectivos que, apenas en fecha muy reciente, han logrado adquirir cierta posición de equiparación social.

La crisis económica ha servido de pretexto para desposeer a la democracia de su fuerza, la defensa de las mayorías y también de su eficacia, el bien común. En el contexto actual, en el que las decisiones dimanan de autoridades transnacionales poco representativas y en las que la racionalidad económica parece anteponerse a cualquier tipo de consideración social, la democracia se convierte en un sistema político excesivamente formal. Si además discursivamente el ideal de igualdad es suplantado por el de sacrificio, el de libertad por el de orden y el de justicia por el de autoridad, las víctimas serán legión. Los valores arcaizantes de “sacrificio”, “orden” y “autoridad”, muy del gusto de la ideología política conservadora, no sólo contribuyen a infantilizar a la población en su conjunto, sino que tienden a resituar a los distintos grupos sociales o colectivos en posiciones culturales y valorativas pre-democráticas.

Nada de todo ello se produce de manera casual o inconsciente, sino que, por el contrario, el retorno a las “esencias” obedece a una “estrategia de contención democrática”: si, por ejemplo, estamos abrumados por la pérdida de poder adquisitivo no demandaremos calidad en los servicios e incluso algunas personas aceptarán que guarden entre ellas relación de causa-efecto. Pero para que se produzca por parte de la ciudadanía una relativa aceptación de este nuevo modelo de “contención democrática”, los gobiernos, sobre todo los de ideología conservadora, tienden a centrarse en refrenar las expectativas de determinados grupos sociales, siendo el de las mujeres uno de ellos.

 

Los medios utilizados para diferir las expectativas de las mujeres son la misoginia y la reacción política

 

La “contención democrática” ejercida sobre las mujeres cumple una doble función: no sólo lastra la consolidación de los derechos de igualdad y libertad de las mujeres, sino que además orienta a la ciudadanía en su conjunto hacia la asunción de valores más tradicionales. Los medios utilizados para diferir las expectativas de las mujeres son la misoginia y la reacción política.

Culturalmente, el universo misógino representa un contravalor a los valores de igualdad y reconocimiento. Por misoginia entendemos la aversión u odio a las mujeres que consiste en despreciar a la mujer como sexo. La misoginia puede revelar una tendencia ideológica retrógrada. Pero también puede estar asociada a un sentimiento generalizado de desprecio: la aversión a las mujeres suele ser en algunos casos un síntoma de misantropía. Misoginia y misantropía se dan la mano para invalidar las políticas de reconocimiento, para negar mecanismos de inclusión, para denostar lo “políticamente correcto”, para convertir a la democracia en un sistema político cínico y formal donde “mandan los que tienen que mandar”. La misoginia tiene como único paradigma posible el elitismo.

El canal de transmisión de la misoginia es la recurrencia constante a los estereotipos, a las percepciones o creencias de que los sexos son fundamentalmente diferentes. Hoy en día, la misoginia se desparrama más allá de las columnas de opinión, donde había logrado sobrevivir, para hacerse presente en manifiestos, manuales de vida o recomendaciones religiosas, por nombrar sólo algunas de las más recientes manifestaciones misóginas.

 

Una de las innovaciones políticas que más cambios ha provocado ha sido la apuesta por la efectiva igualdad de mujeres y varones

 

A su vez, por reacción debemos entender la actitud de oposición ante las innovaciones políticas, sociales y culturales. Una de las innovaciones políticas que más cambios ha provocado tanto en valores, como en el modo de relacionarnos socialmente, como en la articulación política ha sido la apuesta por la efectiva igualdad de mujeres y varones. La reacción a la innovación política de la igualdad ha residido en instancias ajenas al poder político, pero más lamentable es que ahora anide en el seno de quien ejerce el poder. Si nos atenemos a las declaraciones o medidas que ha puesto en marcha el gobierno del partido popular, no parece aventurado afirmar que la reacción está instalada en el gobierno. Por ejemplo, negar que en los sistemas de elección o de cooptación se produzcan sesgos de género favorable a los varones y se interrumpan, por ello, las medidas de acción positiva para las mujeres, sólo se entiende en el marco de una política reactiva; convertir los “derechos de las mujeres” en expresión tabú, no solo es una alteración de la realidad, sino una perversión reactiva.

Sirva lo anterior de ejemplo para afirmar que el gobierno no tiene la mínima intención de desactivar las ideologías y normas sexuales, nutrientes esenciales al pensamiento reactivo. Más bien al contrario necesita reforzarlas, como a su vez se muestra concesivo con instituciones que alientan normativamente la ideología sexual, como es el caso de la Conferencia Episcopal.

A modo de conclusión, sabemos que este gobierno opera en contra de la igualdad y el reconocimiento; elige a las mujeres como grupo social de referencia sobre el que aplicar la “estrategia de contención democrática”. Por ello corresponde al feminismo, como teoría política que es, la denuncia de este retroceso: cuando se ciegan los derechos de las mujeres, retrocede la ciudadanía en su conjunto.

 

REFERENCIA CURRICULAR

Alicia Miyares es filósofa. Estudió en la Universidad de Oviedo. Es doctora en Filosofía y profesora de Filosofía de enseñanza secundaria. Sus líneas de investigación son los aspectos sociales, políticos y morales del siglo XIX y su repercusión en la historia del feminismo, el feminismo como filosofía política, y la democracia actual y su perfeccionamiento. En su trayectoria ha combinado la teoría con el activismo político, comprometiéndose en la necesaria vinculación del feminismo con políticas públicas de igualdad. Fue Jefa de Gabinete de la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno de Asturias (1993-1995); Consejera técnica de la Unidad de Igualdad “Mujer y Ciencia” del Ministerio de Educación y Ciencia (2006-2008); Asesora del gabinete de la Vicepresidenta Primera del Gobierno (2008-2011) e integrante del Consejo Rector del Instituto Asturiano de la Mujer y Secretaria de la Asociación Española de Filosofía María Zambrano.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ALICIA MIYARES: Democracia feminista. Cátedra. 2003

ALICIA MIYARES, PILAR BALLARÍN-DOMINGO, ROSA COBO-BEDIA, ANA IGLESIAS-GALDO, CRISTINA JUSTO-SUÁREZ, LUISA POSADA-KUBISSA, ANA SÁNCHEZ-BELLO: Educar en la ciudadanía. Perspectivas feministas (ensayo). Cátedra. 2003

ALICIA MIYARES, CELIA AMORÓS, ROSA COBO-BEDIA, LUISA POSADA-KUBISSA, ANA SÁNCHEZ-BELLO: Interculturalidad, feminismo y educación (ensayo). 2005.

ALICIA MIYARES: Sufragismo y teoría feminista, de la Ilustración a la globalización. 2005.

ALICIA MIYARES: Democracia feminista (ensayo). 2008

ALICIA MIYARES: Multiculturalismo, coeducación y ciudadanía. 2008:

2008: editora del libro Tercer encuentro de mujeres líderes iberoamericanas editado por la fundación Carolina.

Gladiadores de las palabras

Comentario Cadena Ser-Asturias “La Ventana” :8 de octubre: Gladiadores de las palabras (Audio)

Los gladiadores de las palabras son aquellas personas que en el uso de sus competencias lingüísticas producen descrédito  y violencia injustificados.

La gran mayoría de los gladiadores de las palabras trabajan en la arena mediática. Emplean su capacidad oral o escrita en avivar las pasiones emocionales, fundamentalmente sentimientos negativos como la desconfianza, el recelo o incluso el odio. No emplean la argumentación sino las invectivas; ciegan la posibilidad de diálogo al descalificar de manera permanente al contrario; defienden, además, la estrategia de la confrontación impidiendo cualquier posibilidad de pacto. Son amantes de la polémica pues gracias a ella no se requiere del arte del florín y sus fintas, sino del uso locuaz de las palabras a modo de estocadas.

Los gladiadores de las palabras, no son paladines de la libertad de expresión sino voceros del dogmatismo y la coacción; no son en absoluto inocuos ya que contribuyen al magma emocional de las adhesiones o reacciones primarias; no son pacificadores natos pues en demasiadas ocasiones se transforman en apologetas de la violencia: muy especialmente  están especializados en la apología de la violencia contra las mujeres.

Ahora bien, siendo como son nocivos los “mirmillones” mediáticos, más lo son los que ejerciendo un cargo político, y llevados de su locuacidad, amparan, de un  lado, la vulneración de la ley y de otro, hacen apología de la violencia contra las mujeres.

Estos gladiadores políticos nos revelan que para ellos la democracia es sólo “pan y circo”. En sus redes no tienen cabida las exigibles nociones de “derechos compartidos”, “bien común” y “defensa de la ley”. Para estos “mirmillones” políticos no cabe el silencio partidista, ni el cierre de filas y ni siquiera son suficientes las disculpas y la renuncia al cargo. Cómo y por qué han llegado estos gladiadores políticos a ocupar cargo alguno exige una respuesta por parte de quienes los han nombrado. La salud democrática no puede depender de “la suerte está echada”.

 

La “Parusía” del PP

La Parusía, para la mayoría de los cristianos, es el acontecimiento, esperado al final de la historia, de la Segunda Venida de Cristo a la tierra, cuando se manifieste gloriosamente.

En 1 Tesalonicenses 4:17, Pablo dice “…seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire…”. Esta afirmación apunta a que la segunda venida de Jesucristo será en las nubes, y que Cristo no pondrá pie sobre tierra cuando él venga por los suyos…

Comprendo muy bien que no debería mezclar lo sagrado y lo político, pero no puedo resistirme a la comparación para explicar cómo se ha fraguado y posteriormente trasladado a la ciudadanía la victoria del PP. Toda Parusía que se precie recurre al lenguaje emocional convirtiendo en irrelevante la apelación a los argumentos (“ la insidiosa razón”).

Para promover “actos de Fe” tan masivos, en donde las personas se aprestan “felices como corderos” al fin del mundo, es imprescindible la tarea previa de los milenaristas. Para los milenaristas, el presente es Caos y hay que derrotarlo. Los milenaristas anuncian la llegada de quien derrotará al mal y será el vencedor del  Anticristo.

Al igual que en el siglo XII, los “milenaristas pepéridos” han  erosionado el presente, descalificándolo: en el presente hay incuria, incompetencia, insidia, ignorancia, ineficacia, improvisación, insuficiencia, intriga, incapacidad, inexperiencia, etc.. Es imprescindible el recurso a la atribución por vía negativa del momento actual ya que el profeta verdadero salvará al mundo, en el caso que nos ocupa a España, de ese destino negativo al que lo condujo un “falso profeta”.

¿Y cómo, me dirán, se distingue un profeta  verdadero de uno falso? Sencillo y simple: los verdaderos profetas utilizan un lenguaje críptico que deja inerte la razón y aviva la emoción. Cuanto más en suspenso quede la vía racional y más se promuevan las adhesiones primarias, más certezas nos son dadas de que nos hallamos ante el profeta anunciado. El profeta Mariano, -el verdadero, el esperado- así se nos revelaba: “haré las cosas como Dios manda”.

Y se pueden preguntar ¿y cambian mucho las cosas si las manda Dios? ¡Ya lo creo que si cambian! Sólo llevamos una semana de santo advenimiento y ya el problema de España no es debido a España y sus pésimos gobernantes, sino a Europa y el BCE. A una semana de la “venida gloriosa”, España no actúa por imposición de Alemania, sino en cooperación y coordinación con Merkel. Después de siete días del “nuevo amanecer” el milenarismo ha sido sustituido por un coro de ángeles que entona la buena nueva: “por encima de las legalidades y las formas están los mercados” (Serafín Arias Cañete). Y sí, algo hay de verdad en todo ello, como decía Pablo en Tesalonicenses, el “vencedor del mal” sigue en las nubes y aún  no ha puesto el pie sobre la tierra.

 

 

 

 

 

 

Democracia Feminista

La injusticia como tal ofende a todo el mundo, pero señalar sus causas también incomoda a una buena parte de la ciudadanía. Debido a que fijar la injusticia nos produce malestar, los estereotipos y prejuicios cristalizan: son nuestros mecanismos de defensa tanto individual como colectiva. A modo de ejemplo, señalar la pobreza o desigual distribución de la riqueza como causa de injusticia y, por tanto, de conflicto social puede hacer que una buena parte de la ciudadanía prefiera aceptar como pertinente el estereotipo de la “natural pasividad” o “carencia de carácter” de los desfavorecidos de la sociedad.

El estereotipo y el prejuicio se convierten en la tabla de salvación que permite cerrar los ojos ante la injusticia. Pero, en última instancia, pocos son los individuos de las sociedades “ricas” que se vean obligados a convivir con la pobreza o la marginación, de modo que la recurrencia tópica al estereotipo sólo se traduce en cruce de palabras que anima o agria una conversación entre amigos.

Otro caso muy distinto emerge cuando se señala como causa de injusticia y conflicto social la posición desigual y subordinada de las mujeres respecto de los varones. No podemos cerrar los ojos ante la injusticia porque con las mujeres se convive: o bien se es mujer, o bien se es varón rodeado de mujeres. La recurrencia tópica a estereotipos sexuales puede facilitar la vida de una parte de la ciudadanía, pero los modos de vida de muchas mujeres desmienten día a día los estereotipos. Es más, las normas y los estereotipos sexuales presentes en la sociedad no sólo animan o agrían una conversación, sino que son el referente por el cual determinar si nos hallamos ante una sociedad democrática o no, o ante una democracia más o menos avanzada. Las normas y los estereotipos sexuales son sólo la punta del iceberg de una injusticia sexual que, a excepción del feminismo, las teorías políticas y morales se han resistido a nombrar.

La injusticia sexual tiene su origen en la ideología patriarcal. Nombrar e intentar desactivar esta injusticia es causa de conflicto, y no lejano, como algo que les sucede a otros, sino cercano, porque resolverla necesariamente cambiará la vida de todos, mujeres y varones. Por último, no erradicar una injusticia, cuando los medios están dados, por temor al conflicto sería una impostura moral y política.

Pero a día de hoy, gobiernos, credos religiosos, partidos políticos, determinadas ONG, organismos internacionales, plataformas, asociaciones, etcétera, se decantan más por la impostura que por determinar cuál sea la posición de las mujeres en el marco de las religiones, las costumbres, las prácticas culturales, las conductas sexuales, la identidad… Ciertamente, hacer la radiografía social de acuerdo a la variable sexo resulta conflictivo, porque lo que las mujeres son o les cabe esperar, toca la medula de cómo hasta ahora se han ordenado las sociedades. De ahí que para neutralizar el conflicto se prefiera ignorar la injusticia, restando relevancia a la desigualdad de los sexos con juicios tópicos que rezan “ya será menos…”, o relativizar la injusticia en aras de la costumbre o la identidad cultural.

Para remover el entramado normativo de la ideología patriarcal, para afrontar la causa de la justicia social y sexual son necesarias las leyes. Todas las leyes sobre colectivos o grupos sociales son proteccionistas, pues tales colectivos o grupos sociales son víctimas: del patriarcado (las mujeres), de la explotación (el proletariado), víctimas del genocidio (las minorías étnicas), de la homofobia (lesbianas y gays)… Sí, las leyes son proteccionistas cuando reconocen derechos, pero si se reconocen esos derechos se deja de ser víctima. Las leyes tienden a cambiar nuestras actitudes respecto del grupo social o colectivo sobre el que se legisla. Una legislación en torno a las mujeres contribuye a que la sociedad en su conjunto tome conciencia de hacia dónde debe ir la educación, de cómo vivir el ocio, de qué entender por familia, de cómo sentir el amor, de cuál sea el mínimo exigible a los medios de comunicación, la creatividad y el saber para no reproducir en el presente y a futuro la desigualdad entre los sexos.

El cambio de actitudes de mujeres y varones no se puede hacer depender del voluntarismo individual y colectivo. Si hiciéramos depender la igualdad de la voluntad de cada quien, nuestra espera sería interminable, porque, triste es reconocerlo, la ideología patriarcal parece más sólidamente asentada que la idea de igualdad entre los sexos. ¿No se debe a la ideología patriarcal que no se perciba como necesaria una transmisión educativa basada en los principios verdaderos y activos de coeducación? ¿Cómo hemos de explicar entonces la resistencia a aceptar nuevos modelos de familia, si no es porque en la idea misma de familia subyace la estructura patriarcal? ¿Qué podemos esperar del concepto del amor cuando sólo un sexo lleva sobre sí la carga del agrado? Nombrar la igualdad no hace que ésta se materialice.

Así que cuando un gobierno, como el actual, promueve leyes en torno a las mujeres ha de esperar focos de reacción no sólo en otros partidos políticos, sino también en el mundo empresarial, en el religioso, en determinadas plataformas y asociaciones “pro…”, en la judicatura, en los medios de comunicación, en… La lista es larga. Y también ha de esperar voces femeninas que, paradójicas, a la vez que critican la profusión legislativa del gobierno, demanden regular conductas sexuales propias del orden patriarcal, como la prostitución. Por idéntica razón, cuando el feminismo consigue plasmar en leyes los derechos de las mujeres ha de esperar voces críticas que repitan los viejos tópicos decimonónicos de que las feministas somos vengativas, puritanas, proteccionistas y revanchistas. Sin embargo, y por lo ya hecho y conseguido en el pasado, es difícil argumentar que las feministas seamos vengativas por defender la igualdad de los sexos, puritanas por defender la dignidad de las mujeres, proteccionistas por desear leyes que garanticen derechos y revanchistas por no querer vivir atrapadas en las redes patriarcales.

Alicia Miyares es autora del libro Democracia feminista (Cátedra, 2003).

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de mayo de 2006